¿Qué implica ser socio de mis hermanos?

La propiedad de una empresa otorga una serie de beneficios y grandes oportunidades, pero también conlleva responsabilidades. En el número previo comentábamos sobre la importancia de trabajar en el paradigma “de lo nuestro” y se enlistaron seis principios sobre los cuales basar la propiedad. En el número previo también se mencionaron dos ideas que en este número desarrollaremos, como complemento a los conceptos ya expuestos: La necesidad de que exista una voluntad de querer ser socios y la importancia de construir un proyecto común, como factores claves para lograr que la empresa perdure y la familia se mantenga unida.
El traspaso de la propiedad de una empresa a la siguiente se puede ver como una obligación, tanto de entregar la empresa, por parte de la generación predecesora, como de recibirla, por parte de la generación sucesora. Esta idea hay que reflexionarla un poco. Por supuesto que es válida la ilusión de dar continuidad a un proyecto empresarial, bajo la dirección de la descendencia, pero sobre todo esta la responsabilidad de ver que logre su auto-continuidad. Pero por el otro lado, aceptar la propiedad, como se ha mencionado, no debe ser considerado solo en términos de un beneficio que se recibe, sino de las responsabilidades que esto conlleva.
Una consideración relevante por evaluar en un proceso sucesorio es la posibilidad de los hermanos de poder funcionar como socios. Se podría pensar que esto no es cuestionable, pero más bien constituye una de las decisiones más importantes a tomar. Nadie elige donde nace. Nos toca. Con esa condición puede venir acompañada la herencia de una empresa. Pero, aun así, la decisión de ser socios de mis hermanos y hermanas, en las circunstancias que cada uno tenga, si debiese ser producto de una profunda reflexión y como una respuesta libre y voluntaria.
Debe imperar la misma lógica que cuando se crea una sociedad nueva, en la que se define invitar o aceptar participar como accionista. La base de una decisión de esa naturaleza es en gran parte por la confianza en el proyecto y las personas que lo integran. Se debe ser socio de la familia por la confianza que hay y, sobre todo, basado en la recta intención de que todos verán por el bien común. Si esa confianza no existe, no es recomendable participar. Toda familia empresaria debe tener establecidas opciones de salida de la propiedad. Hay que ser socio de la familia porque se quiere serlo. Una buena sociedad, primero requiere que exista la voluntad de querer ser socios.
Un colega me recordaba hace algún tiempo la importancia de la existencia del “affectio societatis” en el origen de toda sociedad. Este concepto viene del derecho romano y puede ser entendido como la voluntad de unión y de poner en común. La voluntad de permanecer. Ese querer estar, hace que las personas busquen lo mejor para todos y saber que los beneficios, pero también las obligaciones para con esa empresa, deben permanecer en el tiempo.
La segunda idea por comentar es la necesidad de tener también un proyecto común, explícito y construido a partir de las ideas de todos. Es interesante ver como en la génesis de toda empresa, existe esa ilusión de lograr una empresa. Quien emprende tiene un proyecto imaginado, no realizado, que con el tiempo se va volviendo realidad.
En un proceso sucesorio, es vital replicar ese proceso. No será igual, porque se parte de algo que ya existe, pero es necesario poderlo volver “propio”. Hay que crear un proyecto que ilusione, convoque y dónde todos quieran y puedan aportar. Un ideal que se construya a partir de las contribuciones e iniciativas de todos en la familia y que los involucre de manera positiva. Evidentemente será un proyecto que debe evolucionar y responder a la iniciativa de cada generación.
Ivan Landsberg en su obra Succeeding Generations, propone el concepto de “Sueño Compartido” y que define (pág. 75) como “la visión colectiva de un futuro que inspira a los miembros de la familia para comprometerse en la dura tarea de planear y hacer lo necesario para mantener su colaboración y alcanzar las metas que se fijen”, como un elemento indispensable a crear en todo proceso sucesorio.
Se puede heredar un patrimonio económico en inversiones y bienes de distintos tipos. Con esa riqueza se pueden hacer planes para su disfrute. Pero cuando se recibe la propiedad común de una empresa, debe existir una idea distinta de proyecto, donde se ponga como prioridad su continuidad. Debe ser un proyecto fundado en un querer pasar esa empresa en mejores condiciones en las que fue recibida a las generaciones futuras.
Este mismo autor en la obra y página ya referidas, explica que ese “Sueño Compartido surge de los valores fundamentales y aspiraciones de la familia. Define quienes son, que quieren ser, que tipo de empresa quieren construir y como desean -como familia- ser vistos”. En otras palabras, la idea de legado debe estar presente. Se recibe un legado de una empresa que la generación previa le tocó crear o desarrollar. Es responsabilidad de la siguiente generación definir qué y cómo seguirán construyendo ese legado para la posteridad.
Tener un proyecto donde todos los miembros de la familia participan y tienen un rol a desempeñar, creado a partir del diálogo y la participación de todas y todos, refuerza el compromiso con dicho proyecto y la voluntad de querer participar en una empresa que realmente sea de toda la familia.
Un proceso complementario que llevar a cabo es el alinear planes de vida. Si los proyectos personales no están alineados al proyecto común, se corre el riesgo de entrar en una dinámica disyuntiva o de ganar-perder: mi proyecto solo se pueda realizar en la medida que lo común (o de las demás) no se logre o viceversa. Ese es siempre un resultado de suma cero. Ante tal situación, tarde o temprano los caminos se separan.
Invito a que en cada familia empresaria reflexionen en que medida están logrando un compromiso real de todos con su proyecto empresarial. Tener claro y dicho por todos de manera explícita, la voluntad de querer pertenecer, que se refleje también en hechos. Como reza el refrán popular: “Obras son amores, y no buenas razones”. Tener la convicción del compromiso de unos para con otros, por el bien de todos. Como se menciona en la obra de Alexandre Dumas: “Todos para uno y uno para todos” como una expresión de los ideales de amistad, honor y lealtad que en toda familia debe existir.
Artículo publicado en la edición May-Jun 2023 de la Revista Estratega.Ricardo Aparicio Castillo
Profesor titular de las áreas de Empresa-Familia y Factor Humano. Director del CIFEM | BBVA